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Es casi de noche. Ha llovido y la tierra está empapada. Sientes la humedad en el aire tras una tormenta de verano y no puedes evitar viajar en el tiempo y verte con 13 años, en tus vacaciones, rodeado de amigos y sin más preocupaciones que el exprimir al máximo cada día…¿ Quién no ha vivido esta situación alguna vez? ¿Cuántos de nosotros hemos evocado involuntariamente recuerdos al percibir un determinado olor? No es casualidad. Tampoco es una reacción fruto del esfuerzo. Simplemente es ciencia. O dicho de otra forma, es el modus operandi de nuestro cerebro. Millones de células olfativas trabajan para que cada uno de los estímulos olfativos que percibimos queden registrados por nuestro cerebro.

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El viaje que emprenden los olores tiene como primera parada el sistema límbico y el hipotálamo. Aquí es donde se registra el mayor porcentaje de nuestros estímulos y sólo una pequeña parte de la información pasará a la corteza cerebral. Estos estímulos se fijan de manera subconsciente y son ellos los que afectan a nuestras emociones, sentimientos e impulsos. Son ellos los que traspasan la puerta de nuestro almacén de recuerdos y se convierten en responsables de que nuestras vivencias “huelan”.

Contrario a lo que pensamos, el olfato es el sentido más emocional. Los olores que un día se grabaron en nuestra mente condicionan nuestro comportamiento futuro. Aquellas notas olfativas que se colaron dentro de nosotros sin darnos cuenta son las que nos hace sentir y actuar de una forma u otra y son las responsables de que una experiencia sea recordada como positiva o no.

El olor de un bebé nos hace sentir ternura, el olor a naftalina nos trae nostalgia y la leña quemada nos sienta frente a una chimenea contando historias en una fría noche de invierno. Cada momento tiene un perfume y nuestros recuerdos son, en parte, aquellos olores que inconscientemente hemos dejado que construyan nuestra vida. Y para ti, ¿Cuál es el olor de tu vida?